la luz en una carrera que mata el azul océano de la noche. la ciudad está sucia. un zumbido de fondo. arrastro los pies, y el asfalto está pegajoso, intentando anclarme. tengo una vista privilegiada, porque los colores están lavados como en un fílmico mal expuesto y siento como si me faltaran algunos frames. parpadeo una vez en un millón de segundos que transcurren hilvanándome imágenes como ideas, en la red nerviosa del hemisferio sur de la cabeza. un vaho permanente, como un velo de tul blanco que pende desde mis cejas hasta mi nariz. llego a esperar el colectivo a la terminal, correo central. olores poco interesantes, personas que parecen estar a punto de romperse como un vidrio que estalla por una temperatura extrema. del árbol llueven unas florcitas amarillo intenso, que caen , y se adhieren inmediatamente al suelo. en un movimiento elegante se me ocurre seguir a una con la mirada, la cual se posa sobre el regazo de un chico quebrándose de excesos. a su alrededor yace una cantidad múltiple de estas flores, adornándolo. y el zumbido se transforma en el sonido poco agradable de una arcada, seguida de un baño liquido que segrega un estómago descompuesto. la voz se esconde, el cuerpo regurgita. y las flores se hunden en el espeso y anaranjado vómito, lo cual me hace pensar en cómo lo poético se convierte en gore.

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