pedacitos rojos colgaban de las ramas crudas de los árboles
atadas con los lazos del deseo.
esa tarde jugamos a persuadirnos con la mirada, a invitarnos a la fiesta
a convidarnos de esa felicidad instantánea conectada a los sentidos.
respiré hondo y me llené de un aire vacío que subió hasta la frente
y entumeció todo el resto de mi cuerpo.
vencida la gravedad empezó a agitar sus brazos con fuerza trayéndolo todo al suelo
donde reptar no era una opción.
pegados, manchados. marcados, podridos.
adheridos como si fuéramos hechos a medida de la tierra.
solos, infinitos, satisfechos.
nos trajo una mañana fría hasta este estado
la ventana abierta, las cortinas flameando,
el sol jugando a las escondidas detrás de las nubes…
y nosotros, sólo dos.
nadando para salir de este lugar,
entredormidos,
y con los ojos a medio cerrar.:.